“La sangre y el pasado siempre terminan por encontrarle a uno” (Lamb)

Suponga el lector que Sin perdón (Unforgiven, 1992), el peliculón de Clint Eastwood, fuese una novela. Estaría protagonizada por un viejo forajido que se ha redimido criando cerdos y al que, un buen día, su violento pasado le encuentra para ajustarle las cuentas. Trataría de temas que tuviesen que ver con el ocaso: con el fin de un mundo, con una pálida esperanza, con la resignación adiposa que se pega al contemplarse en un espejo. No habría en ella espacio para la melancolía, para el arrepentimiento.

“Un hombre es como es”, musitaría entre dientes el veterano asesino, callando introspectivamente las verdades de esa sentencia y sobreentendiendo sus secretos. El forajido viajaría, pero no sería para realizar un viaje iniciático ni catárquico, ni siquiera uno para desconjurar sus demonios. Viajaría porque no le quedaría más remedio, porque siempre ha estado viajando, con la silla pegada a la piel de su caballo, porque incluso su granjita de cerdos ha sido una simple parada de postas. Si fuese novela, Sin Perdón hablaría de todo esto. Deje por tanto el lector de suponer: esa novela existe y se llama Tierras rojas. La escribió Joe Abercrombie en octubre de 2012 (y fue publicada, con sobresaliente traducción de Javier Martín Lalanda, por la colección Runas de Alianza Editorial).

A Abercrombie también le persigue su pasado. Tras hartarse de trabajar fabricando té para una empresa de su Inglaterra natal (nace en Lancaster, el último día de 1974), decide dar un giro a su vida y hacerse montador de películas, una ocupación que le dejará mucho tiempo libre. Tanto, que se lanza a escribir fantasía. Abercrombie es uno de esos autores de género que han crecido como jugadores de rol antes que como lectores (pertenece a la estirpe de Patrick Rothfuss; Víctor Conde o Alberto Morán Roa), y por eso sus reinos fantásticos son coloristas, detallados. A los escritores roleros no les cuesta mucho erigir universos ni describirlos, les basta con unas pinceladas breves, tímidas incluso, pues todo aquello de lo que hablan lo tienen tan interiorizado, tan personalizado, como para naturalizarlo espontáneamente. Este tipo de autores suele además construir personajazos, seguros protagonistas de partidas previas de tablero o de dados.

Tierras rojas es esencialmente una novela de personajazos. Abercrombie es un gran cronista, imaginativo y sorprendente, capaz de plantear con extrema facilidad giros de guión muy eficaces. Pero no es eso lo que destacaríamos en esta su por ahora última obra. Pocas veces, salvo cuando leemos a Andrzej Sapkowski (o al Martin de fuera de Invernalia), encontramos a personajes que condicionan tanto el curso de una narración, a secundarios con tanto afán protagonista, a carne de cañón a la que queremos salvar de su sino. Pocas veces queremos que tantos personajes se queden con nosotros y entre nosotros.

Esta es la historia de Shy Sur, la mujer que se siente decepcionada por los hombres y que se ve obligada a emprender un viaje en pos de sus hermanos Pit y Ro, secuestrados por una fuerza maligna y devastadora. Una mujer con agallas y genio vivo que sólo teme una cosa: lo que fue. Es también la historia de los exploradores Dab Sweet y su compañera Roca Llorona, cuya existencia transcurre entre caravanas y sueños de un futuro tranquilo. Una vez, cuentan que Sweet mató a un oso con sus propias manos, y el menudo hombrecillo refiere su gesta con sonsonete, con palabras desmentidas por la ironía de su mirada. Es, por supuesto, la historia del arribista Temple, “un hombre que podía haberlo sido todo y que hacía todo lo posible  para no ser nada” con querencia por escoger siempre el peor camino en la vida. También es la historia del condottiero Nicomo Cosca, Capitán General de la Compañía de la Graciosa Mano, un desastrado grupo de tunantes que se hacen llamar mercenarios, y de los que Cosca, anquilosado en su amargura y en su patética pompa, es el peor de todos con su ética abyecta. Y es, sobre todo, la historia de Lamb. Una especie de cobarde.

Si el lector ha visto Sin perdón, recordará que en la película, las viejas glorias del Salvaje Oeste interpretadas por Richard Harris (Bob “El inglés”), Gene Hackman (“Little” Bill Daggett), Morgan Freeman (Ned Logan) y las nuevas que buscaban emularlas, como el “Schofield Kid” de Jaimz Woolvett, se jactaban de lo terribles y despreciables que habían sido, de sus muertes y de cómo mataban, de la oscuridad de sus nombres y de su carencia de escrúpulos, y que sólo una, William Munny (Clint Eastwood), callaba. Munny callaba porque, como viajero en la necesidad de viajar, se veía obligado a callar. Los fantasmas de su pasado, las caras dejadas atrás, en alguna cuneta o en el polvo de algún pueblo, circulaban ante sus ojos y ante sus dientes apretados. El perro menos ladrador era el más mordedor; por eso, cuando llega la hora de la venganza, William Munny se conduce con una frialdad y una tranquilidad inquietantes, temibles, letales. El espectador descubre que de toda esa galería de hijos de perra, él ha sido el peor de todos: peor que “El Duque de la Muerte” (Bob); peor que el antiguo sheriff al que una borrachera hizo caerse de un caballo (“Little” Bill); peor que el chaval que le rompió la pierna a un mexicano con una pala (“Schofield Kid”). William Munny es el heraldo de la muerte. Y así lo manifiesta en aquella cantina nocturna en la que se materializa como un ángel exterminador: “He matado a mujeres y a niños. He disparado contra todo ser viviente. Y ahora he venido a matarte a ti”. William Munny en Tierras rojas se llama Lamb. Y es una jauría de lobos con piel de cordero.

A Lamb, Abercrombie nos lo presenta como un hombre dócil, manso, trabajador, de hombros cargados, cabellera y barba largas, mugriento como sólo saben serlo los canallas de los westerns de Sergio Leone, de gran fuerza física y de una calma extraordinaria. En ese principio, no importa que tenga un muñón por oreja y que, como Lee Van Cleef, el coronel Mortimer de La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965) (o el despreciable Sentenza de El bueno, el feo y el malo [Il buono, il brutto e il cattivo, 1966]), tenga sólo nueve dedos. Lamb es, por poco tiempo, como ese porquero que se arrastra por el barro a las vista de sus hijos pequeños, un padre adoptivo entrañable y cariñoso que juega con Pit y Ro y que llena su rostro con las arrugas de una sonrisa. Shy le reprocha que sea “una especie de cobarde”. Más adelante, Lamb le replicará que un hombre puede ser muchas cosas peores que cobarde. Puede haber sido Lamb, por ejemplo.

Suponga el lector que Abercrombie relatase el asedio a un fuerte en el que está acorralado Lamb. Que los enemigos van cayendo, uno a uno, olvidados por Dios y encontrados por el asesino. Suponga que en un pueblo de nombre postapocalíptico (las novelas de apocalipsis, como Dudo Errante, nos enseñan que la humanidad superviviente emplea la metonimia más rudimentaria para bautizar sus moradas, perdida toda su capacidad poética), en Arruga, dos personas se disputasen el control, que a un lado se encontrase El Alcalde, al otro, Papá Anillo, y que Lamb estuviese en el medio. Suponga, asimismo, que para concretar ese dominio, se celebrase un duelo a muerte, con las manos desnudas, en una Cúpula del Trueno conocida como El Círculo. Suponga además, que una negociación con el Pueblo del Dragón, con la Gente, con los Seres Humanos, es decir, con los indios de ese Oeste de fantasía, se truncase inesperadamente porque Lamb tenga un lado berserker. Deje ahora el lector de suponer, porque esas situaciones existen dentro de la novela. Cada una de ellas, es una muesca en una espada gigantesca, una llamada al terror, aquel descenso a los infiernos que, con música de The Doors, retrató Coppola en Apocalipsis Now (Apocalypse Now, 1979), cuando el paroxismo del delirio del capitán Willard (Martin Sheen) explota y se ceba con Kurtz (Marlon Brando).

Tierras rojas es un western. Su cartografía es la de los pioneros que trazan fronteras con el interrogante esperanzador de encontrar un destino mejor en cada pliegue del terreno. En pueblos en los que no hay esos leones que temían los romanos, ni que son Finisterre, y que enferman de fiebre de oro. Es el mapa de un país que se está formando, en el que nuevos colonos arrebatan a los moradores seculares sus terruños y sus identidades. Es una realidad-ficción alternativa en la que una Inquisición comandada por una versión macabra y perversa de san Francisco de Asís quiere aplastar con contundencia los conatos de rebeldía de quienes sueñan por incrementar sus libertades, pisoteadas en cada frontera por ejércitos monumentales, inconcebibles, como las huestes imperiales. Es una novela en que se reproducen otras tantas novelas, la picaresca de la magistral Pequeño Gran Hombre, cuyo Jack Crabb se llama aquí Dab Sweet; la desesperanza de Warlock; la violencia de la no menos magistral Cosecha Roja, ese espacio en el que un detective enfrenta a dos bandos hasta su exterminio, como nos muestra Akira Kurosawa en su Yojimbo (Yôjinbô, 1961) y Leone en su descarado plagio Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964). Es la fotografía de los duelos a pistola y en primeros planos, ante una tumba sin nombre o ante, como cita final del destino, el rancho Ok Corral. Es el western que recoge otros westerns. Y que como los westerns, termina con un jinete solitario cabalgando hacia el crepúsculo. Con la música de fondo de un birimbao y el pensamiento sabio de que “es mejor enfrentarse a las cosas antes que vivir con el miedo de que éstas se enfrenten a ti”. Sobre todo cuando se tiene un pasado. O se es alguien mucho peor que una especie de cobarde.