A lo largo de la orilla rompen olas turbulentas,

los soles gemelos se hunden tras el lago,

las sombras se alargan

                                               en Carcosa

 Extraña es la noche donde brotan las negras estrellas,

y extrañas lunas orbitan a través de los cielos,

pero aún más extraña es

                                   la perdida Carcosa

 Las canciones que las Híades han de entonar,

donde flamean los andrajos del Rey,

deben morir sin haberse escuchado

                                               en la sombría Carcosa

 Canción de mi alma, mi voz está muerta,

muere tú, sin ser cantada, como lágrimas derramadas

se secará y perecerá en

                                               la perdida Carcosa

 La canción de Cassilda en El Rey de Amarillo

                                               Acto 1, Escena 2

Yellow King Clay Rodery

Ilustración realizada por Clay Rodery

(Well, that’s what the preacher sells, same as a shrink. See, the preacher, he encourages your capacity for illusion. Then he tells you it’s a fucking virtue. Always a buck to be doing that, and it’s such a desperate sense of entitlement, isn’t it? ‘Surely, this is all for me. Me. Me, me, me. I, I. I’m so fucking important. I’m so fucking important then, right?’. Fuck you.) 

Bueno, eso es lo que vende el predicador, lo mismo que un loquero. Mira, el predicador estimula tu capacidad ilusoria. Luego te dice que es una puta virtud. Siempre cabrea que te hagan eso, y es una sensación desesperante de autoridad, ¿verdad? “Claro, todo esto es por mí. Por mí. Por mí, por mí, yo, yo. Soy tan importante, joder. ¿Entonces soy jodidamente  importante, verdad?” Que te den…

Rustin Cohle, en True Detective, Temporada 1, Episodio 3: The Locked Room

El pasado febrero, así lo indica la fuente oracular de Internet, un viejo libro, curiosamente por lo inesperado, se aupaba a la lista de títulos más vendidos en Amazon: El Rey de Amarillo de Robert W. Chambers era exhumado de la tumba del olvido parcial y trasladado a un catafalco digno de su entidad debido a su ascendiente y reconocida influencia sobre True Detective -y, consiguientemente, sobre los gustos de los videntes adictos a cualquier obra que pueda prolongar el éxtasis del capítulo semanal-. Los engranajes del mercado cultural giran bien engrasados en la serie protagonizada por Matthew McConaughey (auténtico tour de force el del intérprete, que está viviendo su propia redención en términos artísticos con sus últimas actuaciones, como la de Dallas Buyers Club que le granjeó el oscar al mejor actor) y Woody Harrelson desde que diera inicio el pasado 12 de enero en la cadena, cuál si no, HBO. A lo largo de sus ocho episodios, con sus momentos altos y bajos, no olvidemos tampoco la soberbia elección musical, se nos narra la investigación de un crimen ritual por parte de los detectives Rustin Cohle y Martin Hart a lo largo de dos líneas temporales, una situada en 1995 y otra en 2012. Una historia de personajes antes que whodunit (aparta de mi las innúmeras teorías y a sus defensores, Señor), con un Hart que pretende ser el americano medio y un Cohle seco, alucinado, con la vista puesta permanentemente en el abismo mientras carga una libreta bajo el brazo. El devenir de una pareja que ha sido observado por millones de seguidores dentro y fuera de los Estados Unidos hasta el pasado 9 de marzo. Bajo las capas de simbolismo, ya sea pretendido o inconsciente, late un ambiente de horror soterrado que llama de nuevo a la puerta en nombre del Sur profundo, de Chambers, de Ambrose Bierce, de Thomas Ligotti.

En España, la labor de desenterrador del cuerpo tatuado en letras de Chambers corrió a cargo, allá a finales de los 60, de Rafael Llopis y su piedra fundamental para el conocimiento de la literatura de terror vertida al castellano (nunca nos cansaremos de acuñar nuevos epítetos) Los mitos de Cthulhu. En este libro se incluía, con traducción de Francisco Torres Oliver, “El signo amarillo“, muy apropiadamente a continuación del relato de Bierce. Habría que esperar, sin embargo, hasta los años 80 para que se ampliara el foco sobre el escritor americano cuando, a cargo de la editorial Teorema, se editó  una recopilación sus textos. Dicha recopilación, que recogió aquellos en torno al fatídico tomo El Rey de Amarillo y algunos otros de carácter más netamente fantasiosos, fue el espejo en el que se reflejaron posteriores casas de libros dispuestas a editar un compendio del terror chamberiano.

El Rey de Amarillo: Relatos macabros y terroríficos (Valdemar, 2011) es la más reciente reintroducción de Chambers en el mundo de los “letraheridos” por el horror sobrenatural. Un libro editado en la colección Gótica con una soberbia ilustración de Juan Serrano como portada (tan soberbia como acertada anticipación de las páginas que encierra), traducción de nueva mano por obra y gracia de Marta Lila Murillo y prólogo de Jesús Palacios, viejo-joven conocido de la editorial que arroja ciertas luces sobre el desempeño de Chambers como escritor. Hasta aquí llegan las novedades, puesto que Valdemar sigue al pie de la letra el canon de Teorema, como también hizo con anterioridad Abraxas, decantándose por relatos idénticos a los aparecidos en los años 80: “El Reparador de Reputaciones”, “La máscara”, “En el Pasaje del Dragón” y “El Signo Amarillo” como pertenecientes al ciclo de El Rey de Amarillo aparecidos en el libro de idéntico título publicado en 1895; “La demoiselle d’Ys”, fuera del ciclo, pero parte también de dicho título; “El Emperador Púrpura”, “El Mensajero” y “La Llave del Dolor” extraídos de The Mystery of Choice (1897) y “El Creador de Lunas” y “Una velada placentera” de The Maker of Moons (1896).

Lovecraft se lamentaba de la peculiar relación de Chambers con la literatura. De él se quejaba amargamente en una misiva a su colega Clark Ashton Smith: “Chambers es como Rupert Hughes y tantos otros titanes caídos: armados del cerebro y la educación adecuados, pero totalmente desacostumbrados a su uso”. Quien con tanta rabia se quejaba no podía sino guardar una estrecha deuda literaria con el autor de El Rey de Amarillo, deuda que a buen seguro no le hubiera importado aumentar. La influencia sobre el de Providence es clara en cuanto que El Rey de Amarillo es una obra que atrae la locura sobre todo lector que pase más allá de la primera escena. Una obra de teatro de la que se habla casi en susurros, como algo prohibido, y que hace preguntarse al que lo tiene entre sus manos quién será el primero en arder: si el libro o él. Un Necronomicon antes del Necronomicon junto al que Lovecraft tomó nombres evocadores, tan de su gusto, como Hastur, las Híades o Carcosa para salpicar sus relatos. Términos que Chambers cogió prestados a su vez de Ambrose Bierce. La creación de mundos a partir de nodos meta-literarios, aspecto que luego tan bien recogería el mismo “círculo de Lovecraft”, es una de las más sugerentes características de Chambers como escritor de terror, una que tiene a bien recordarnos que la raíz de los mitos es siempre plurívoca.

Robert_William_Chambers

Robert William Chambers (1865- 1933)

 Americano de raíces escocesas, con una vida sin mayores contratiempos (provenía de una familia acomodada, fue ilustrador de éxito para revistas de sobrada repercusión como Life, Vogue o Truth y llegó a tener una sólida fuente de ingresos como escritor de varios de los best-sellers románticos de la época), Chambers imprimiría también en sus relatos el sello que le dejó su vida entre la bohemia parisina del fin de siècle. Con un ojo puesto en su joven país y otro en el viejo continente, sería uno de los que separaría definitivamente, apoyándose en el mentado Bierce y en Poe, el cuento de terror de sus viejas formas dando paso a un nuevo territorio donde el ser humano comienza a ser acosado por temores apenas conceptualizables. A ello le añadió un poso de decadentismo, de gusto por lo macabro al que se suma lo onírico y lo alucinado, que enrarece el ambiente, suspendiendo así al lector en un vacío a fuerza de diluir todo posible asidero. El Rey de Amarillo, la obra maldita de dorado grafismo (Jesús Palacios medita sobre varias de las connotaciones del color: lo amargo, lo triste, imagen de enfermedad, de poder, de la crueldad, de la traición), es la piedra de toque del estilo chamberiano. El Mal es relativamente aparente, puede ser nombrado explícitamente e incluso llegar a conocerse algún fragmento de Él, pero en última instancia la sensación que predomina es la del desasosiego ante la incapacidad por aprehender el origen del horror. Por las páginas de Chambers se ha de avanzar necesariamente a tientas. Es la dimensión del sueño, el espacio sin tiempo en el que lo inconsciente se desata y que Chambers refleja como esa barrera de contornos difusos. Sueño de locura, sueño de la razón, sueño dentro del sueño, sueño satánico, el sueño de soñadores muertos. Un territorio de blanda superficie, donde los propios personajes se ven a sí mismos como carentes de auto-dominio, pronunciando frases que les resultan extrañas en el propio instante en el que las profieren.

Fronteras difuminadas que a veces toman la forma de unos Estados Unidos ucrónicos donde un devoto del poder fragua su ascenso al trono, un París de Misa con órgano endemoniado y visiones sobre el empedrado de los callejones, un bosque profundo donde las sectas, los criminales y las criaturas ignominiosas se dan cita por igual; o una Bretaña rural, medieval en relatos como “La demoiselle d’Ys” (casi una reelaboración de Un habitante en Carcosa de Bierce y acaso ligera influencia en la película británica de 1966 El ojo del diablo [Eye of the Devil, Lee J. Thompson]), bien entrada en el siglo XIX en “El Emperador Púrpura” y “El mensajero”. Buena tierra para los cuentos nocturnos, de cuyos aparecidos y crueldades informó con exactitud Alvaro Cunqueiro en su Bretaña dibujada con caminos gallegos en Las crónicas del sochantre.

Se ha achacado a Chambers lo esquemático de sus cuentos, de unas elaboraciones que, como clamaba Lovecraft, podría haber escrito más acertadamente con no poca facilidad. No obstante, frente al peso de la forma se ha de imponer el impacto del fondo. La atmósfera de caos irremediable y esquivo. La individualidad de quien continúa a sus maestros y prefigura a la siguiente generación de creadores marcando su personalidad en las páginas de la literatura fantástica. Literatura que se imprime con caracteres de color dorado.