bill the galactic hero Michael Gross

Ilustración de cubierta de una edición de 1975 de Bill Héroe Galáctico, realizada por Michael Gross.

Cuando uno piensa en ciencia-ficción clásica de nave espacial y pistola láser no imagina, por lo menos en primera instancia, que el humor pueda dominar el tono del texto. Tampoco se nos ocurrirá pensar que, tras el habitual drama y tensión de las escenas donde un viajero espacial se juega la vida, pueda estar agazapada una sátira ácida de contenido social y político.

La  literatura pulp, donde Harry Harrison (Stamford, Connecticut -Estados Unidos-, 1925, Brighton, Reino Unido, 2012) era un  habitual además de un maestro, forjó la mente de numerosas generaciones y sus vástagos, depositando las expectativas de un género que, poco a poco, fue y va superando sus límites y elevando las potencialidades. Una progresión de la que esta breve novela, Bill, héroe galáctico (Gigamesh, 2010), es pieza fundamental y ejemplo representativo.

Esta  novela es hija de su tiempo y criatura de su época. En la década de 1960 arreciaban en Estados Unidos las protestas sociales ante las viejas interpretaciones de los derechos civiles, aspirando a una segunda generación de libertades cívicas y derechos sociales. Un contexto especialmente intenso en el momento de publicación del librito, en 1965, cuando se sucedían por todo el país las manifestaciones contra la guerra de Vietnam, promovida por un deslegitimado y desgastado Lyndon B. Johnson. A este contexto, debemos sumarle también la herencia de toda la literatura satírica que en la década anterior ironizaba sobre la Segunda Guerra Mundial y, más en concreto, sobre la estupidez de las jerarquías militares y el absurdo de mucha de la violencia generada durante las guerras. No en vano, el propio Harrison formó parte del ejército norteamericano durante este último conflicto.

Analizada dentro de su momento de producción, Bill, héroe galáctico supuso la síntesis de muchas de las tensiones que recorrían la sociedad de la época, y también la modernización de un género que absorbía influencias ajenas para transformarlas y proyectarlas hacia un nuevo estilo. No sólo por su argumento y por su tono sino también por su perspectiva a la hora de afrontar los temas, por la nueva manera de tratarlos, o por elaborar y desarrollar personajes que suponían una modernización y ampliación de sus hasta entonces estrictísimamente rígidas costuras. Pero si por algo destaca esta novela es por situar al humor y la sátira en el centro de la trama, trascendiendo su uso secundario, convirtiendo a la risa (¡e incluso a la carcajada!) en la clave interpretativa fundamental del conjunto.

Con todo, no debemos perder de vista que, siendo una referencia clásica ineludible, y una innovación fundamental de su época para la ciencia-ficción, refleja igualmente los hándicaps que el tiempo ha ido limando con el aprendizaje. Entre ellos, uno de los más notables, además de más habituales de encontrar, es el de una voz narradora omnisciente a cuyo dictado todos los personajes deben obediencia. El ritmo de la novela o el desarrollo de la trama se ven directa y conscientemente manipulados por esta voz que, trascendiendo el rol mayoritario de discreción tras el telón, se convierte en un pequeño dictador. Así, desde una lectura contemporánea, el ritmo se resiente y la frescura se agrieta hasta parecer lo que, evidentemente, esta novela es y no oculta: un clásico en el que el tiempo ha dejado mella (a pesar de resultarnos en general una historia hilarante).

Esto hace de Bill un protagonista meramente funcional, similar al actor de recurso cuya historia es la excusa para la sucesión de escenas que, aderezadas con otros distintos personajes secundarios, se vinculan a través de ellos con los temas sociales que se quieren comentar y criticar. En consecuencia, las tres historias (o partes) contenidas en este volumen: “Bill, héroe galáctico”, “Un chapuzón en la piscina del reactor” y “E=MC2 o muerte”, aunque tienen un desarrollo argumental unitario capaz de dar coherencia y sentido al libro, también podrían leerse como pequeñas piezas independientes, débilmente conectadas entre sí, y en donde cada subtema se desarrolla de forma particular. Estructuralmente, el chiste o el gag coinciden con cada una de estas píldoras, creando una coherencia perfecta, digna de admirar, entre la carcajada y la reflexión.

En el centro de la crítica social en Bill, héroe galáctico está el ejercicio totalitario del poder, manifestado en áreas tan distintas, pero tan relacionadas, como son el ejército o el gobierno. Todo comienza con un reclutamiento irregular donde las autoridades militares llegan a ejercer la manipulación y el engaño. Así llega un joven agricultor fortachón llamado Bill, único sustento de su familia, a formar parte de un ejército al que nunca quiso pertenecer y llevar una vida castrense que jamás quiso a aceptar. Con todo, aunque la fortuna lo va llevando por distintos estadios como los de soldado desamparado o héroe militar condecorado o desertor sin escrúpulos, las distintas situaciones a las que se tiene que enfrentar le muestran poco a poco cómo, tras el brillo dorado de las cúpulas metálicas o las rimbombantes condecoraciones, no se esconde más que pura hipocresía vacía y cinismo propagandístico. Como sucede en Las aventuras del buen soldado Svej, de Jaroslav Hasek, publicadas –sin concluir- décadas antes.

Conforme van sucediéndose los descubrimientos, el joven inocente originario de Figerinadón II va dejando paso a un soldado cada vez más curtido. Pero, a diferencia de lo que esperaríamos en el ideal del poder legítimo –entendido como aquel dirigido fundamentalmente a la consecución de un bienestar colectivo-, la experiencia adquirida por Bill no se orienta hacia valores asociados a la “vida buena” (el valor; la honestidad; la integridad o la generosidad), sino que observamos a un hombre cada vez más precavido y reservado en su trato con los demás. El sistema político-social exige obediencia e ignorancia a cambio de sometimiento y miseria. La novela realiza una denuncia dura y sin concesiones, incesante en sus argumentos, contundente en sus ideas, aunque por veces también reiterativa en exceso sobre las formas en que ese poder puede llegar a subyugar y humillar a una persona.

De entre los muchos secundarios que copan las páginas de esta novela merece la pena destacar a Pulsión Mortal Drang, el único recurrente. Desde la primera parte, donde aparece como un despiadado instructor sobre cuya inhumanidad todos los soldados bromean, sin que él mismo tenga reparo alguno en reconocer la veracidad de estas chanzas, hasta la tercera parte, donde las vicisitudes y circunstancias extraordinarias a las que se ve sometido por deseo y orden de su antaño admirado ejército han hecho de él otro soldado desengañado, en Pulsión Mortal se produce una transformación crítica importante para comprender el fondo de la novela. Porque si bien Bill y Pulsión Mortal inician su relación en extremos opuestos respecto a su actitud hacia el ejército y su poder, con el paso de las páginas ambos caminan hacia un punto de encuentro que es, al tiempo, la posición de la voz narradora y la moraleja de la historia.

Interesante resulta también ese pretendido contexto soviético, pues el campo de instrucción de Bill se llama, ni más ni menos, “campamento León Trostky”. Decimos esto porque, tal como se plantea a lo largo de la novela, donde esta referencia es la única a partir de la cual se puede localizar el mensaje, este truco no parece sino una coartada para criticar a todo sistema autoritario –el estadounidense incluido-. Sin ir más lejos, el propio Harry Harrison fue un denodado crítico con su gobierno de estos años, y más todavía desde la guerra de Vietnam, por lo que no resulta raro pensar que, intentando evitar la censura o la crítica patriotera de su país, pretendiese también enviarles un mensaje indirecto emitido alto y claro.

Sobre la edición, el lector acostumbrado a los libros de Gigamesh se va a encontrar con lo conocido en sus demás obras editadas en gran formato y cartoné. No obstante, en este caso concreto debemos destacar una corrección errática que salpica la lectura de pequeños errores que, precisamente por infrecuentes, y más en una editorial que nos tiene acostumbrados a cuidar estos detalles, no dejan de sorprendernos.

El caso de Bill, héroe galáctico es el de una novela a la que el paso del tiempo ha dejado huella, por un lado, destacando su carácter innovador en cuanto al ejercicio inteligente de la sátira más aguda, y por otro lado, sobresaliendo lo estático e improductivo de su estilo de escritura. De todas formas, conserva fresco como el primer día su osado sentido del humor, representando por ello un originalísimo ejercicio de literatura de ciencia-ficción que todo lector del género debería leer.