La primera novela de Thomas M. Disch (Des Moines, Iowa, 1940- Nueva York, 2008) se escribió en un momento de convulsa superación personal. La idea de “vida buenaa que cualquier persona se aferra en los momentos de dificultad se había destruido, estrepitosa y definitivamente, de forma temprana en el caso de Disch. Experiencias como una grave enfermedad infantil, abusos físicos y psicológicos en la escuela católica, la frustración de sentirse en una Nueva York a la que acudía como huida más solo y fuera de lugar que en su Iowa natal, o la imposibilidad de encontrar en el ejército ese lugar de orden y disciplina en que amainar su malestar consigo mismo, marcaron a fuego tanto su vida como su obra. El manicomio intentó suprimir de mala manera sus ansias autodestructivas, pero éstas lo acompañaron siempre desde que en 1958 intentara suicidarse por vez primera hasta que lo lograra definitivamente en 2008.

A lo largo de toda su obra, y de forma especialmente significativa en sus principales (y primeras) obras de ciencia-ficción, Disch intentó escudriñar el mal en el ser humano: Los genocidas (1965), Campo de concentración (1968), 334 (1972) y En alas de la canción (1979); obras todas ellas cuyo eje argumental principal gira alrededor de los límites amorales de las personas, indagando (y mostrándonos) sobre el hasta dónde estamos dispuestos a llegar -por acción u omisión- para conseguir maximizar el poder y el control del uno sobre los demás. Una denuncia a la humanidad como especie, a nuestra ruindad y mezquindad más esencial, causa última de nuestra perfidia.

En Los genocidas (publicado en castellano por La factoría de ideas en 2012) este análisis adquiere una de sus formas más puras. Tal resulta ser el grado de iniquidad a que ha llegado la especie humana que, ante una invasión alienígena dispuesta a convertir el planeta en su huerto particular y extinguir a la raza humana como los sulfatos a los pulgones u otras plagas, se opta antes por darle luz verde a los más bajos instintos que por cooperar para enfrentar al enemigo común. De esta forma, en poco tiempo los gobiernos han caído, las ciudades han visto destrozados los edificios e invadidos los espacios públicos, hasta reducir drásticamente el número de habitantes del planeta, de miles de millones a unos pocos centenares.

Con semejante panorama, el ojo del narrador omnisciente se fija en Tassel, una pequeña comunidad rural de casi doscientas cincuenta personas. La prosperidad de ese pueblo se ha estancado por completo. Las gigantescas plantas alienígenas, de más de ciento ochenta metros de altura y con anchas hojas que todo lo cubren, obligan a la comunidad a adoptar una economía de subsistencia. Las especies animales y vegetales se mueren. Los ríos y los lagos se secan ante el hambre sin medida de las raíces de los parásitos extraterrestres. El maíz y la cría de los pocos animales que quedan son el único alimento de la comunidad. La resistencia ya no resulta ni viable ni posible.

La novela nos presenta un experimento sociológico donde, expuesta la humanidad ante un contexto extremo, debe demostrarse a sí misma que es capaz de superar la adversidad para resistir, subsistir y seguir existiendo. La única alternativa posible al éxito es la extinción.

En el caso concreto de Tassel, la premisa de partida gira en torno a la figura autoritaria de Anderson, seglar congregacionista cuyo mando despótico pivota sobre la Biblia y sobre un revólver Colt Python calibre 357 magnum, fabricado en 1955 como un revólver Colt de lujo por su precisión y gran potencia. A la vez ley y jurado, impone su voluntad sobre el conjunto de la comunidad a partir de su capacidad para subyugar a los demás (la suya es la única arma de Tassel), y de la legitimidad de su mandato en una “congregación” directa o indirectamente relacionada con su familia, de la que él es la cabeza. Como consecuencia de ello, a su alrededor oscilan los restantes personajes secundarios: los hijos Buddy, Neil y Blossom, la mujer Lady o las nueras Greta y Maryann.

Sin embargo, toda buena historia que se precie tiene un punto de ruptura a partir del cual la imprevisibilidad y el cambio toman la iniciativa. En Los Genocidas este rol funcional corresponde al grupo de extraños que llegan a Tassel desde la ciudad y a los que, por ser considerados invasores capaces de poner en riesgo a la comunidad, Anderson ordena matar… a todos excepto a la enfermera Alice Nemerov y al ingeniero de minas Jeremiah Orville. Desde este punto, la lógica de la ciencia de Orville y la religión dogmática de Anderson se enfrentan y se retan en cada uno de los problemas que la invasión alienígena plantea a la comunidad. Las decisiones se toman en un frágil equilibrio tras cuyo error no hay otra cosa que la muerte y cuya concatenación de equivocaciones podría llevar a la extinción de la especie humana.

La novela expone con sublime credibilidad un escenario cuasi apocalíptico en el cual la humanidad invierte el camino andado de progreso, volviendo desde la ciudad hasta la caverna. Bajo tierra, rodeados por una cerrada oscuridad rota únicamente por la tenue luz de un quinqué, sin casi alimento y completamente desnudos, sin distinguir el día de la noche o el invierno de la primavera, ponen a prueba su convivencia. En el subsuelo las emociones se intensifican, los instintos primarios afloran con mayor frecuencia a medida que el tiempo pasa y la civilización se deteriora, desviando los problemas desde el enemigo exterior al enemigo interior. Disch pone a prueba la esencia del ser humano, entendida como nuestra condición de seres cavernarios, básicos e instintivos.

Además de un producto personal, Los Genocidas encaja también a la perfección dentro de su tiempo. Porque en paralelo a la reflexión sociológica, Thomas M. Disch introduce mediante una exposición rigurosa, avanzada para los estándares de la época, conceptos e ideas fundamentales sobre la ecología y el medio ambiente. Mientras describe el nuevo ecosistema producido por la intervención alienígena, tiene también tiempo para observar las consecuencias sobre el deterioro del ecosistema anterior; así, presenta el medio ambiente como un ser vivo formado por todos los elementos que intervienen en él configurándolo o transformándolo de cualquier forma. Y, además, muestra con extraordinaria viveza la nueva flora, tanto desde la magnificencia de sus cuerpos hasta la intrincada complejidad de sus raíces.

Todo esto, en conjunto, nos permite valorar la originalidad del caso apocalíptico que se nos presenta en Los Genocidas: tan habituados como estamos a la muerte y a la podredumbre, a las armas tóxicas y destructivas, al fin alimentado desde la destrucción, en este caso concreto, el posible fin de la vida humana proviene, sin embargo, de la implantación de otra nueva vida que nace por doquier y crece sin  límite (¿acaso una metáfora de la propia explosión demográfica humana?). Las condiciones ecológicas que permiten la existencia de una vida exigen también el fin de otras tantas. Otra vez, Eros y Tánatos, Vida y Muerte, Deseo y Destrucción, cogidos de la mano hacia la extinción. Un esquema filosófico clásico al que, de forma indirecta pero clara, se rinde homenaje en el emocionante y simbólico epílogo final de la novela.

La pérdida de Thomas M. Disch resulta de incalculable valor para la ciencia-ficción. Su voz marcó, y de forma más clara a partir de Los Genocidas, el comienzo de la “Nueva Ola” en los Estados Unidos. Nuevos temas y nuevos tratamientos a partir de la ciencia-ficción, reivindicado las capacidades del género, llevándolo más allá del pulp donde Disch llegó a publicar sus primeros relatos (se estrenó publicando en el magazine Fantastic en 1962). Con él vino la originalidad, el reto a las ideas preconcebidas, la transgresión de los modelos típicos (y tópicos), la incorporación de estilos y técnicas narrativas hasta entonces excepcionales. Todo ello está condensado aquí, en una de las mejores novelas de su autor y de su época que, a pesar del paso del tiempo, ha sabido conservar intacta su originalidad y ser una excelente representante de la mejor ciencia-ficción apocalíptica.