Ligotti por Andrea Bere para Fabulantes Valdemar

“Thomas Ligotti, el “cosmonauta del Vacío”, un autor que no tiene parangón con nada que pueda leerse dentro del género”.
Ilustración de Andrea Beré

En la larga charla mantenida con Fabulantes, Juan Luis González Caballero, editor de Valdemar, definía Miedo en el cuerpo. 25 años de terror con Valdemar de la siguiente manera: “Es un compendio, un lo mejor de […] Podríamos decir que en realidad se trata de un autohomenaje”. Porque, para que quede bien claro, es una selección cocinada a partir de textos ya publicados anteriormente por la editorial durante los últimos ocho de sus 25 años de historia. Un libro que complementa a los anteriores Felices Pesadillas. Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar (1987-2003) y Malos sueños. Felices Pesadillas 2, en los que los editores González Caballero y Rafael Díaz Santander también escogieron de su fondo de más de un millar de relatos aquellos que estimaron más significativos para hacer temblar de pánico al lector. La diferencia de Miedo en el cuerpo sobre sus antecesores estriba en el hecho cronológico: los cuentos aquí seleccionados son los más modernos de las tres antologías. “El lector que siga el orden […] podrá comprobar cómo ha evolucionado el terror desde Poe hasta Lovecraft, cómo el imaginario del terror va cambiando con los tiempos”, zanja González Caballero.

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Aunque el relato de la momia incluido aquí es más bien flojo, la de portada (de Guanajuato, México) se convierte en una perfecta introductora de horrores.

Pero esta antología es más que eso. Es imprescindible para el iniciado e impagable para el profano que vaya al acecho de miedos literarios: una jugosa recopilación de textos que no exceden las 50 páginas y que son, en varias ocasiones, prodigios de la narración breve. 35 relatos extraídos de otros tantos libros –uno incluso, “La sonrisa muerta”, de Francis Marion Crawford, adelantado a la publicación del tomo al que pertenece, La calavera aullante y otros relatos espeluznantes– debidamente señalados en sus respectivos pies de página. En Miedo en el cuerpo están todos los que se esperan, y en ocasiones, lo que de ellos se espera: Poe, no el mejor Poe, pero sí uno de los más obsesivos, con “El rostro en la multitud”, que, como indicado precedentemente, abre el volumen; el gran Robert Louis Stevenson, con una de sus piezas más flojas y precisamente seleccionada por ser de las más desconocidas (“El sótano de la plaga”); un Bram Stoker en plena forma (“La casa del juez”) y un Howard Phillips Lovecraft en la cima de su interés (“El modelo Pickman”); Rudyard Kipling y las supersticiones hindúes convertidas en maldiciones, en el estupendo “La marca de la bestia”; el Frank Belknap Long de “Los perros de Tíndalos” y Guy de Maupassant con su versión embrionaria de “El Horla”. Con estos nombres bastaría para hacer una colección de plenas garantías. Miedo en el cuerpo no se queda simplemente en ellos sino que los trasciende y acompaña con una guardia pretoriana de auténtico lujo.

El volumen sólo puede comentarse acertadamente en base a sus temas más proliferantes, los que pueden constituir una perfecta radiografía de los terrores del hombre en puntuales épocas de su vida y de su historia. Hay por ejemplo mucho pavor reverencial por las brujas y su mundo, y los relatos a ellas dedicados son casi lo mejor de esta antología.  Sobre las brujas podría correr mucha tinta, como se hizo efectivamente, y valer una antología específica en Valdemar: Stevenson ya escribió “Janet la torcida”, y por si con eso no bastase, luego Lovecraft en uno de sus momentos de máxima lucidez pergeñó “Sueños en la casa de la bruja”. Dos visitas obligadas, como las recogidas aquí, para asustarse de veras. “El ojo invisible”, la siguiente cita después de Poe, del tándem Erckmann-Chatrian, es la primera obra maestra del conjunto: narra muy bien el desasosegante tour de force entre una bruja y su víctima para aniquilarse mutuamente. “El horror de Salem” (Henry Kuttner), hará por su parte las delicias de los amantes del cine de John Carpenter por su expresividad visual y su descaro pulp. Los pactos demoníacos, puntal de los aquelarres y de las hechicerías brujeriles, son protagonistas del antes citado “La casa del juez”, relato a la altura de la parte de los Cárpatos de Dracula o de la novella “El invitado de Dracula”. Pero en la temática mejor parada del libro se encuentra asimismo su mayor mácula: “Compañeras de labor”, de Alan Moore, relato que cuesta terminar de leer y en el que no pasa estrictamente nada.

Las otras dos vertientes que dan que hablar positivamente son las dedicadas a “paisajes hostiles” y a barcos embrujados: refieren cuánto de terrorífico hay para el hombre en los grandes terrenos baldíos, en las tierras extrañas y desconocidas, en la inmensidad de mares dominados pero no domeñados. En la primera categoría brilla el escritor que hizo de lo agreste, de lo asilvestrado, temática terrorífica: Arthur Machen es invitado de honor con “La pirámide resplandeciente”, un relato que además orilla los cuentos de civilización perdida y que transforma la naturaleza en una extraordinaria amenaza (como curiosidad, señalaremos que en en este cuento Machen otorga protagonismo a su embaucador Dyson, al que más tarde transformará en nexo conector de la antología novelada Los tres impostores). El otro relato adscrito a esta tipología, “El valle de la muerte” (palabra ésta que se repite hasta en cuatro ocasiones en el índice), de Ralph Adams Cram, es menor (en calidad) que el de Machen aunque no menos angustioso. Describe un terreno yermo en el que nada crece y nada respira, y que conduce al exterminio. Cram logra que pensemos en este territorio como en una entidad viva y palpitante, exactamente como pretende William Hope Hodgson en el portentoso “La nave abandonada”, uno de los títulos a destacar. Cuento ya legendario, refiere la angustiosa supervivencia, con sus flaquezas psicológicas incluidas y sus no pocos delirios, de un grupo reducido de marineros en una antigualla repleta de moho que deciden explorar. “El pecio de la muerte”, de Simon Clark y John B. Ford se le parece remotamente: existe una forma de vida hostil en cubierta, pero ésta es mostrada de una manera más enérgica, más impactante. Quizás debido al hecho de que sus dos autores son hijos de la edad de la televisión y del cine.

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Ray Bradbury, irreconocible en su faceta de autor terrorífico pero fiel a sí mismo en el despliegue imaginativo con el que compone “El pequeño asesino”

En esta selección hay abundante espacio para que los queridos monstruos de Valdemar espanten a sus anchas. El predilecto, el vampiro, tiene al menos dos oportunidades para lucir colmillos: en “Historia verdadera de un vampiro”, del conde alemán con gusto por lo macabro Stanislaus Eric Stenbock, se observa con infinita y lánguida tristeza la intervención mortal del conde Vardalek, un húngaro melancólico alejado de los tópicos atribuidos a la criatura; en “La chica con los ojos hambrientos”, Fritz Leiber, emulador de ese hito post-moderno llamado El ansia, relata una suerte de vampirismo psíquico a escala mundial. El fantasma también tiene sus momentos de gloria en los relatos de dos especialistas: el rector de Eton Montague Rhodes James es incluido merced a su preciso y formalmente redondo “El conde Magnus”, en el que describe el retorno al mundo de los vivos del terrible ser que da título al cuento en compañía de una aberración diabólica; Hugh Walpole, tampoco es olvidado con “El fantasma de la señora Lunt”, historia sobre el atroz tormento al que una muerta de duro carácter somete a su marido. También hay espacio para los licántropos (“La mujer lobo”, Clemence Housman), los zombis (el “muy irreverente y bestia” “Levantaos”, de Jay Alamares) y las momias (el insustancial “Un profesor de egiptología”, Guy Boothby). Y por supuesto, para las criaturas inclasificables, aquellas surgidas de las pesadillas puntuales de sus autores, como la monstruosidad reptante y succionadora de “Negotium Perambulans”, de Edward Frederic Benson, las iracundas y crueles aberraciones soñadas en “Los moradores bajo la tumba”, del siempre imaginativo, y aquí más inspirado de lo habitual, Robert E. Howard, o las tristes repugnancias sin conciencia creadas por un doctor loco con ínfulas divinas de “El fabricante de monstruos“, de William Chambers Morrow.

Valdemar admite la existencia de escritores que son en sí mismo géneros. Ambrose Bierce no podía faltar, visto el aprecio que la editorial madrileña le profesa (es uno de los fijos de sus antologías), con “Desapariciones misteriosas”, en la que en un estilo periodístico, da cuenta de inexplicables ausencias. Valdemar no duda en incluir “El prodigio de los sueños”, de su gran descubrimiento Thomas Ligotti, el “cosmonauta del Vacío”, un autor que no tiene parangón con nada que pueda leerse dentro del género.

Claro que hay incluso autores que han marcado las pautas de sus géneros, como Ray Bradbury, irreconocible en su faceta de autor terrorífico pero fiel a sí mismo en el despliegue imaginativo con el que compone “El pequeño asesino”, o como san Richard Matheson, ese “mal escritor” empeñado una y otra vez en pasar a los anales de cualquier campo literario que toca, como bien puede apreciarse en “Los hijos de Noah”, actualización de “La sombra sobre Innsmouth” (o más concretamente, de los miedos que derivan de la selvática América profunda).

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Richard Matheson, ese “mal escritor” empeñado una y otra vez en pasar a los anales de cualquier campo literario que toca, como bien puede apreciarse en “Los hijos de Noah”

Y naturalmente, Valdemar se rinde al horror cósmico: impagable resulta la presencia de “Los perros de Tíndalos”, uno de los mejores cuentos de la mitología que mereció la atención de Rafael Llopis en su imprescindible antología para Alianza; “El Signo Amarillo”, otro buen relato a cargo de Robert W. Chambers, alude, con sus necrófagos agusanados, a uno de los libros prohibidos que conforman la bibliografía depravada del culto a Cthulhu; Clark Ashton Smith, adepto no encuadrado esta vez en la teología por culpa de “El Jardín de Adompha”, ofrece no obstante el único texto genuino de civilización perdida de todo el volumen, una “maravillante” ensoñación sobre un microuniverso regido por los desvaríos de un soberano despótico y un hechicero sádico en la que no se rehúye lo escabroso.

El lector fruncirá el ceño y quizás se sobresalte con “El demonio negro”, del prolífico, y no siempre conspicuo, Robert Bloch. Será él quien deje la más interesante advertencia del libro: “Un cuento de terror que se precie tiene que ser contado desde el punto de vista del monstruo, o de la entidad que lo protagonice“. Razón de por qué no funcionan “Tigresa”, de David H. Keller, excesivamente pulp, y “Muerte de un Dios”, de Henry S. Whitehead, el representante del “cupo vudú”.

Este autohomenaje en 35 sustos se cierra con una estampa sobre el Apocalipsis (“El Fin del Mundo tal y como lo conocemos”, Dale Bailey) que nos hace desear que el mundo conocido no desaparezca antes de haber concluido la lectura de Miedo en el cuerpo. 25 años de terror con Valdemar, una impresionante y metódica guía del terror. Porque como los editores nos susurran desde algún lugar del prólogo: “[…] no olvidemos que las historias de terror tienen efectos muy subjetivos, son como drogas personalizadas, contienen los códigos de nuestros miedos más secretos, la historia de nuestras pesadillas, el miedo grabado como cicatrices en nuestro cuerpo, el miedo que nos habita”.