Pero la hipótesis en que estaba trabajando últimamente era, con mucho, la más enajenada: la humanidad se negaba a hablar con él, porque él, en algún momento, la había ofendido. ¿Cómo? Eso seguía siendo un enigma, pero no cabía duda de que se trataba de un gran pecado, algo tan atroz que el Hombre decidió volverle la espalda. Y, de esa sencilla manera, Geosat había descubierto la religión y la paranoia.” (César Mallorquí, El rebaño)

Ningún autor es una isla. Un escritor es producto de lo que ve, de lo que escucha, de lo que estudia… pero, sobre todo, de lo que lee. César Mallorquí (Barcelona, 1953) leyó desde muy pequeño. Su padre, José Mallorquí, dio vida en los años 40 del siglo pasado al popular El Coyote, un personaje memorable en la literatura española que gozó de muchísimo éxito durante un par de décadas. César creció en el taller de un fabricante de historias y, como un alumno aplicado, aprendió pronto el oficio. El joven Mallorquí se convirtió en el autor español que mejor entendió los mecanismos de la ciencia-ficción y El rebaño, un relato apocalíptico que reflexiona sobre el rechazo a la soledad, ha sido, hasta hoy, insuperable.

Y si atendemos a los avanzados conocimientos astrofísicos de los mayas, va a quedarse para siempre como el máximo exponente del género en España. Quedan 15 días para el fin del mundo y por eso queremos, desde Fabulantes, aprovechar nuestras últimas horas de luz para recomendar El rebaño, un texto muy apropiado para ir entrando en harina y prepararnos para la desaparición de una raza, la nuestra, que según las fantasías de Mallorquí, sólo dejará un breve recuerdo.

La humanidad se ha extinguido. No queda nadie. Un perro pastor llamado Brezo y un satélite de observación bautizado como Geosat son las voces que nos guían por un planeta que hasta hace 12 años era el patio de recreo de los seres humanos y que ahora vuelve a ser salvaje. Estas dos entidades, Brezo y Geosat, son a la vez testigos de la desaparición del hombre y pruebas de su existencia. Quizá las últimas pruebas. Su mera razón de ser ya no tiene ningún sentido pero ambos cumplen con su cometido a pesar de la ausencia de su creador.

Geosat orbita alrededor de la Tierra sumamente perturbado por su soledad. El satélite, que desarrolla conciencia de sí mismo al verse alterada su rutina, juega con el solipsismo y la paranoia, siente el rechazo y se obstina en retomar el contacto con unos seres a los que se niega a dar por muertos.

Brezo, mientras tanto, continúa  con fidelidad el trabajo para el que fue entrenado: saca todas las mañanas a las ovejas del corral, las conduce por el bosque hasta los pastos, las agrupa, cuida de ellas y las acompaña sanas y salvas de vuelta a casa. Para Brezo, que se refugia en sus recuerdos, la razón del rebaño es el rebaño en sí mismo, y aunque añora la vida con el pastor y con sus dos antiguos compañeros, Rayo y Trueno, es incapaz de plantearse no repetir a diario su misión, aunque sienta cercana su propia muerte.

Mallorquí trata la muerte, en este relato del tercer jinete del apocalipsis, para hacernos reflexionar sobre el valor y el sentido de la vida. Geosat y Brezo están condenados a una existencia vacua al desaparecer el hombre, pero una vez ellos encuentren su final y se diluya el propósito de su propia vida, el último hálito del ser humano también se apagará. Un ser humano al que se trata con mayúsculas en El rebaño, como a un Dios, a un creador que se despide a la francesa sin dejar respuestas a una cadena demasiado larga de interrogantes.

Las preocupaciones que aquejan a Mallorquí durante la narración y también el modo con el que las encara son el resultado de la suma de sus lecturas. El escritor no esconde sus referencias a Bradbury, con su sensibilidad evocadora y su acento nostálgico, a Robert Silverberg o a Alfred Bester, y algún lector seguro que encontrará paralelismos con obras de Harlan Ellison o Clifford D. Simak. A través de Brezo y Geosat se tocan muchos grandes temas con tanta naturalidad que parece como si se pasara de puntillas por encima de ellos.

Fue una lástima que Mallorquí abandonara la ciencia-ficción. Desencantado por el papel que el fantástico juega en el negocio editorial español, Mallorquí se pasó a la literatura juvenil para profesionalizarse; sin embargo, antes de irse, disfrutó de un premio Gigamesh y un UPC, se hizo con un Domingo Santos y dos premios Alberto Magno. Su lirismo, sus giros y sus soluciones, le convertían en un narrador superdotado para haber dignificado el género, pero su estancia entre las novedades de ciencia ficción pronto será, igual que el Hombre en El rebaño, un capítulo olvidado.

Ya sabemos que sólo faltan dos semanas para que llegue el apocalipsis, pero todavía hay tiempo de sobra para devorar el más sabroso medio centenar de páginas que ha brindado la ciencia ficción española. El rebaño fue publicado por primera vez en El círculo de Jericó (Ediciones B, 1995) y seleccionado en 2002 dentro de una antología del género en España, aunque para encontrarlo fresco y crujiente, nada mejor que acercarse a Prospectivas. Antología del cuento de ficción española actual, que la editorial Salto de página ha puesto este año en las librerías. Una apuesta valiente y de recorrido, sea o no sea verdad que al mundo le quedan dos días.