dracula_2 Mariano Fernández de Henestrosa para Fabulantes.

Ilustración de Mariano Fernández de Henestrosa para Fabulantes.

Hace hoy cien años el escritor irlandés Abraham Stoker, autor de Dracula, pasaba definitivamente al reino de los muertos. La sífilis fue la probable causa de su muerte (como lo fuera diecinueve años antes de la del francés Guy de Maupassant). Las personas que le acompañaron en su lecho de muerte, su esposa Florence y su hijo, aseguraron que murió con la vista puesta en un rincón oscuro de aquella su última morada, murmurando strigoi (que quiere decir “alma errante” pero también “bruja” en rumano). Hasta el momento final le persiguió, como a Bela Lugosi, la encarnación del famoso conde vampiro.

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Su biografía es tan hermética como las órdenes esotéricas a las que estuvo adscrito. Stoker vivió 65 años. Fue el tercero de siete hijos y gozó siempre de una salud quebradiza que le llevó a un constante afán de superación en lo atlético y deportivo. Creció, al igual que Poe, al albur de narraciones terroríficas que reciclaban los mitos y las supersticiones populares. Estudió Ciencias Exactas en el Trinity College de Dublín, el mismo que tuvo por alumnos a, entre otros, Charles Robert Maturin (Melmoth el errabundo, 1820) y Joseph Sheridan Le Fanu, autor de Carmilla (1872), el principal referente literario de Dracula. En algún momento ejerció de funcionario público de la administración dublinesa, pero también de crítico teatral en una gaceta (Mail). Allí entró en contacto con el efervescente mundo de las tablas irlandesas, que muchos años después, frente al juicio de la historia, daría dos premios Nobel de Literatura: W. B. Yeats (1923)  y George Bernard Shaw (1925).

De esa experiencia extrajo una amistad contradictoria y ambigua con el actor sir Henry Irving, del que llegó a ser confidente, asistente, secretario personal y chico para todo. A tenor de la relación entre Irving y Stoker, y de la personalidad de cada uno de ellos, puede darse por probable la analogía de que Irving sirviese de premisa para Drácula y Stoker, o al menos una faceta de él, lo hiciera a su vez para R. M. Renfield, el heraldo chiflado que anuncia la llegada del Mal. Irving fue en efecto un déspota egocéntrico que olvidó al amigo en su testamento. Cuando el actor, que había sido Drácula en los escenarios dublineses al poco de llegar la novela a las librerías, murió en 1905, Stoker estaba junto a él en su muerte. Incluso, y con pesar, le dedicó una biografía que supuso un paréntesis en su producción terrorífica.

Fundamental para la elaboración de Dracula fue la pertenencia de su autor a las órdenes esotéricas del Golden Dawn –proclive a la magia- y de la Rosacruz. De la primera, por cierto, llegó a ser componente también Arthur Machen, uno de los más grandes bardos de la entera ficción fantástica escrita. Es seguro que en las bibliotecas de esas órdenes, o en las de sus miembros, llegaría a encontrar toda la documentación necesaria para la redacción de su obra cumbre. Porque una cosa está clara: Stoker no pisó nunca los páramos encantados de Transilvania. Todo lo que de ellos se dice y cuenta está basado en libros prestados, en conjeturas, en atlas, y en algunos chismorreos. Es cierto que el autor se documentó a conciencia para escribir la novela; no es menos cierto, sin embargo, que, al ser ésta en exceso folclórica, posea retazos de superstición y superchería. Retazos que, sin duda, debían de estar muy presentes en el carácter y en la personalidad del escritor.

Stoker llegó a madurar durante muchísimos años su novela. Se sabe que la lectura de Carmilla, del misántropo Le Fanu, le marcó a los venticuatro años. Tanto es así, que llegó a redactar una suerte de primer capítulo de la obra en tercera persona, que bebe en modo directo de su influjo, y que ahora se sitúa, en las buenas ediciones del libro, a modo de prólogo al diario de Jonathan Harker. La historiografía ha demostrado que la novela se gestó durante al menos dos años antes de su publicación definitiva. Así se desprende de la abundante correspondencia que mantuvo con su hermana Charlotte, una de las primeras y más entusiastas defensoras del texto -junto con Oscar Wilde-. Stoker le diría en 1895 que estaba trabajando en “una obra capaz de romper la falsa tranquilidad de nuestros hogares mentales”. Pretensión que logró a conciencia: Drácula es en la actualidad una de las mayores pesadillas del colectivo humano.

Hay que reconocerle una gran pericia al escritor Stoker. Utilizó el género epistolar para contar su historia, disimulando así sus evidentes carencias de estilo. Cuando éstas afloran, restan impacto a algunas escenas. Es más, hay momentos en los que dichas imágenes van siempre por delante de la pluma, con una viveza y una vigencia expresivas que explican el rotundo éxito de este mito como fenómeno cinematográfico.

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La sombra del conde Orlok, el Drácula de Murnau, en un famosísimo fotograma de la película Nosferatu.

Drácula nació para el celuloide en 1922 con Nosferatu, eine Symphonie des Grauens (Nosferatu, una sinfonía del horror), de F. W. Murnau. El gran realizador expresionista alemán tuvo que ocultar al vampiro stokeriano bajo nombre supuesto -y desfigurar los rasgos del músico húngaro Franz Liszt-, para no tener que pagar derechos de autor a la viuda Stoker. Florence descubrió la treta, llevó a juicio al director y ganó el pleito, logrando que los originales fueran destruidos y la película retirada de circulación. Pero por lo menos una copia debió de salvarse, porque el estudioso madrileño Luciano de Berratúa logró hallarla, mediante exhaustivas investigaciones, en una alcoba de París en el no tan lejano 1984. Berriatúa la hizo restaurar y la montó tal y como podía haber sido, prescindiendo del montaje apócrifo y sumamente desafortunado, que, desde 1930, se tenía por oficial. Pero eso es historia del cine.

Gracias a la técnica de escritura dentro de la escritura practicada por el autor, se racionalizó la obra. La labor de escribir se entiende en Dracula como la prueba fehaciente y palmaria de la racionalidad, que es uno de los muchos conceptos opuestos que pueblan la novela y además síntoma y signo de progreso (entendido en un modo pan-británico). Escribe Jonathan Harker en los Cárpatos (la parte más lograda de largo de la obra) para impedir caer en la locura. Escribe el doctor Seward desde las oficinas de su manicomio para dar cuenta de la locura. Escribe Abraham Van Helsing, fisiólogo como Martin Hesselius, el detective de lo oculto de Le Fanu, para establecer el orden, ante el caos que representa Drácula.

Dice Van Helsing que la falta de orden es la principal debilidad del Vampiro. Pero quizás sea más bien su fuerza: Drácula es el único personaje que no escribe pero es el que influye sobre todos los demás. Es el protagonista y casi podríamos decir el único personaje de la novela, capaz sin voz propia de poseer una entidad que los otros, Seward, los Harker, Lucy y el resto de cruzados de trazo grueso que batallan contra él, no consiguen alcanzar. Sólo Van Helsing, capitán Ahab obsesionado con su ballena blanca, logrará, por contraposición, acercársele.

La frívola consideración de que Dracula es una novela exclusivamente erótica, y las consiguientes elucubraciones psicoanalíticas que gustan de recrearse en la frustración sexual de Stoker, parecen olvidar que la obra habla también de muerte y de sangre como ninguna antes que ella (ni seguramente después) lo haya hecho. La muerte, la sangre y el erotismo son los grandes temas de la literatura de Terror. Surgen de represiones, aunque no sólo: la muerte, por ejemplo, nace del temor hacia lo desconocido. Un temor que impregna a Dracula como novela y como personaje (como prototipo); de hecho, el boyardo Drácula es un conde feudal alejado de las luces y del saber británico y bienpensante. Como ya es archisabido, ese boyardo se llamó en su día Vlad Tepes.

La sangre es para la perspectiva cristiana sinónimo de vida, y también herencia pagana. La sangre de Cristo representa la inmortalidad en la Eucarestía; el abundante vino que corre en las bacanales dionisíacas representa la sangre divina; Ulises hace beber a los difuntos sangre de los vivos para poder interrogarles y obtener respuestas que le permitan proseguir su viaje y superar las pruebas impuestas por los Dioses; la Cronica Slavorum, redactada por el diácono Helmold en el siglo XII, refiere cómo el oficiante de los ritos eslavos debía beber sangre para interpretar el oráculo divino. Los historiadores aún se escandalizan por los excesos hemoglobílicos de Gilles de Rais, “Barba Azul – Huysmanns le dedicará su Allá lejos (1891) y Manuel Mújica Láinez le hará objetivo de uno de sus siete demonios (El viaje de los siete demonios, 1974)- y de la condesa húngara Erzsebeth Bathory, que la literatura posterior ha convertido casi en princesa de los no-muertos. Hay sangre en Seabury Quinn, en Algernon Blackwood, en Edgar Allan Poe. Lo que hace Stoker no es, por lo tanto y para nada, nuevo. Su gran mérito es como hiciera Miguel de Cervantes con las novelas de caballerías en Don Quijote, resumir lo hecho hasta entonces, exprimirlo y superarlo. Y de paso, crear, como el ingenioso hidalgo soñador de fabulosas aventuras, un mito.

Dracula posee la estructura de una bien definida obra teatral. La primera parte tiene todos los ingredientes y alicientes de la tradicional novela de terror, con su castillo encantado, sus monstruos, sus criptas húmedas y sus olores palpables, elementos que Stoker describe con claridad. El telón del intervalo (la catarsis clásica) cae al final del capítulo XV, en la mitad simétrica exacta del volumen, con las palabras del doctor Seward: “Los agujeros en el cuello de los niños fueron hechos por la señorita Lucy”. El mal adquiere forma, sentido y objeto. La muerte deja de ser sólo un pasaje de tránsito hacia lo mortal y lo inmortal y se convierte en una amenaza cercana y patente. La parte siguiente refiere una persecución y un acoso y tiene todos los mimbres de una obra de suspense, de un folletín. Es también, salvo por la aparición de Lucy en la cripta, la más floja. ¿Cómo puede un fragmento tan convencional luchar con el impacto de las sombras sin sombra en el castillo de los Cárpatos? ¿O con la descripción del viaje del Démeter y la plaga de ratas, hecho verídico que refirieron los diarios de la época? ¿Cómo puede sobrevivir esa persecución a los miedos que nos ha sugerido la presencia de Drácula, a su oscurantismo y oscuridad, a su misterio? ¿Cómo puede lograr sustraerse a la fascinación del monstruo?

Bram Stoker reposa el sueño eterno. Sus cenizas se han mezclado con las de Henry Irving, y su nombre refulge por una sola obra en el panteón de la inmortalidad literaria. Como su criatura, Stoker, de oficio mal escritor pero imaginador vivo e inquieto, es, cien años después, eterno. Porque como dijo para que no se olvidara el poeta Gotfried August Bürger, citado por Stoker, “Denn Die Todten reiten Schnell”. O lo que es lo mismo: “Los muertos viajan deprisa”. Impávidos al lento discurrir del tiempo.