Caballeros de Viriconium, M. John Harrison: Danza poética

noviembre 11, 2011 en Fantasía

caballeros_de_viriconiumM. John Harri­son (Rugby, War­ck­wi­cks­hire, 1945) per­te­nece a esa cons­te­la­ción de escri­to­res bri­tá­ni­cos posee­do­res de un afi­lado talento para la mara­vi­lla. Harri­son se ase­meja a todos ellos (inú­til, por su abun­dan­cia, enu­me­rar­los) en el carác­ter ele­gíaco de sus narra­cio­nes, y en su estilo bella­mente poé­tico, pero cobra dis­tan­cia en el fun­da­men­tal  aspecto de haber sido faro para toda una gene­ra­ción pos­te­rior de auto­res en len­gua inglesa. Harri­son, cuyas raí­ces se hun­den en el bardo Dun­sany (aun­que éste sea un caso pecu­liar, y por tanto, único), supone un punto de no retorno den­tro de la fantasía.

Antes de él, sólo Tol­kien había creado, varios tomos mediante, un mundo tan veraz y tan suge­rente como el de Viri­co­nium. Des­pués de él, sólo Andr­zej Sap­kowski logró satis­fa­cer al más exi­gente lec­tor de fan­ta­sía con sus his­to­rias madu­ras, de doble vuelta y sen­tido, sobre el brujo albino de Rivia. La ciu­dad Pas­tel de Harri­son, que fue incluida como des­tino turís­tico en la guía de los impres­cin­di­bles rela­tos del género ela­bo­rada por David Prin­gle, forma ya parte de la car­to­gra­fía fan­tás­tica que todo autor/lector con que­ren­cia por el género debe pre­ciarse en cono­cer. Su influen­cia, de hecho, ha sido tras­cen­den­tal en artes con un dis­creto, o com­pleto, ade­rezo fan­tás­tico. Y digo artes, y digo bien, por­que no sólo sus rui­nas y mise­rias se obser­van en la opu­len­cia deca­dente de Wyzima, por ejem­plo, o en el Lon­dres vic­to­riano de Susanna Clarke, sino tam­bién en video­jue­gos como Never­win­ter Nights 2 de Obsi­dian, que  reci­cla algu­nos –varios– de sus ele­men­tos para dar pie a su des­ca­ba­lada pre­misa argu­men­tal. Pero antes de seguir por esta vía crí­tica, cen­tré­mo­nos en lo que resulta evi­dente, y por lo tanto, sus­cep­ti­ble de ser pasado por alto: ¿qué es Viri­co­nium? Y sobre todo, ¿de qué esta­mos hablando?

Viri­co­nium es una metá­fora. Es la capi­tal del reino que Harri­son cons­truyó para con­tar (para can­tar) la lenta ago­nía de una civi­li­za­ción, inexo­ra­ble­mente podrida, inexo­ra­ble­mente vetusta. Es el nom­bre que se le pone a una his­to­ria sin final feliz; una his­to­ria en la que en ver­dad importa más el trán­sito que su fin. Se dice que ésta es la con­di­ción de los rela­tos de ini­cia­ción, de apren­di­zaje. Eso es falso, o al menos incierto, como casi todas las teo­rías que pre­ten­den englo­bar lo inabar­ca­ble: por­que en Caba­lle­ros de Viri­co­nium (Biblió­po­lis Fan­tás­tica, 2004), que es el meo­llo de nues­tra cues­tión, no hay ini­cia­ción, no hay apren­di­zaje. Sólo hay polvo, un largo camino que no tiene por qué con­du­cir a alguna parte, y des­truc­ción. Sin­ra­zón. En cine, existe una defi­ni­ción para este tipo de rela­tos: road movie. En nues­tra lite­ra­tura, más que defi­ni­cio­nes, exis­ten estam­pas: el desierto de Cobre de La ciu­dad del gra­bado; las sen­das que ale­jan de Nilf­gaard. Viri­co­nium y la mar­cha deses­pe­rada hacia adelante.

m_john_harrisonEn teo­ría, Los caba­lle­ros de Viri­co­nium (con­junto de rela­tos de dura­ción varia­ble y a su vez pri­mera parte de una tri­lo­gía publi­cada en cas­te­llano por Biblió­po­lis) tiene por pro­ta­go­nista a los defen­so­res de un viejo equi­li­brio que se ven obli­ga­dos a rea­li­zar un último sacri­fi­cio para sal­var aque­llo que jura­ron pro­te­ger y en lo que deci­die­ron creer. En la prác­tica, asis­ti­mos a la narra­ción, cámara al hom­bro, de las peri­pe­cias de lord tegeus-Cromis, un per­so­naje tan estu­pendo como el nom­bre que lo enga­lana, y al que Harri­son retrata con la leta­nía, con la cole­ti­lla (que da con­tun­den­cia a su prosa) de con­si­de­rarle mejor poeta que gue­rrero. A su alre­de­dor gra­vi­tan el enano Sepul­cro, inven­tor de inge­nios; el con­tra­ban­dista Bir­kin Grif; el artero y cáus­tico Theo­me­ris Glyn: un bui­tre mecá­nico; una pro­fe­cía sinies­tra; un pasado empe­ci­nado en no dar tre­gua, y un mundo que se res­que­braja, pero todos ellos no es sino los com­ple­men­tos del melan­có­lico enve­je­ci­miento de quien se tiene a sí mismo por mejor poeta que gue­rrero. A pesar de que luego el género pos­te­rior se empeñe en cal­car sus ras­gos, sus carac­te­rís­ti­cas, sus com­por­ta­mien­tos, con cíclica asiduidad.

En la coreo­gra­fía que pro­yecta con minu­cio­si­dad Harri­son, en esas fra­ses que son deli­ca­dos movi­mien­tos de danza, estos per­so­na­jes resue­nan como un eco que ampli­fica una trama funesta. Si algo queda, tras toda la depra­va­ción de la que somos tes­ti­gos, de todo ese fin de época, fin de ciclo, fin del mundo, son ellos, su recuerdo, su paso por nues­tra memo­ria. Su pere­gri­nar, camino de nin­guna parte, por las pági­nas de la mejor lite­ra­tura de fan­ta­sía. Pági­nas para poe­tas en las que gus­ta­rán mirarse tam­bién los guerreros.